Antes de que un algoritmo de ejecución empiece a repartir volumen, el sistema exige una confirmación de identidad física. La entrega de ese control no es un trámite suelto: es una secuencia con pasos verificables, y cada paso deja rastro.
La secuencia arranca cuando se abre una ventana de validación asociada a la estrategia que se pretende lanzar. Dentro de ese intervalo, el gestor confirma su identidad mediante el mecanismo biométrico definido para su nivel de autorización. Si la confirmación no llega antes del cierre, la orden queda en espera y no se envía ningún tramo al mercado. La caducidad es un estado explícito, no un error silencioso: quien opera ve que la autorización venció y sabe que debe repetir el proceso.
Los reintentos están acotados. Cada intento reinicia el conteo de la ventana, pero no la extiende de forma indefinida, de modo que una demora no se convierte en una autorización abierta. La validación biométrica complementa la firma operativa, no la sustituye. El mismo esquema aplica por igual a TWAP y a VWAP, porque ambos comparten el punto crítico de autorización humana antes de arrancar.
La secuencia se documenta para que pueda revisarse después: qué estrategia se pretendía lanzar, qué identidad confirmó, en qué momento y con qué resultado.